La Revolución del Parque: el aletargado nacimiento de una nueva clase social.

En el presente artículo, analizaremos y profundizaremos en los hechos que tuvieron lugar el 26 de julio de 1890, y que han sido inmortalizados en la posteridad bajo el nombre de “Revolución del Parque”.

—Por: Lautaro Russo.

Barricada cívica, en pleno Buenos Aires, durante los enfrentamientos del 26 de julio de 1890.

En las siguientes líneas, buscaremos dilucidar la génesis, el desarrollo y las consecuencias de dichas acciones, mediante la formulación de hipótesis acerca de los actos sobre los cuales posamos la lupa. Todo esto mediante el apoyo bibliográfico correspondiente. De más está aclarar que la teorización presente no es más que aquello que esboza la propia etimología de la palabra: una teoría; pero la cual es formulada, mediante el proceso analítico correspondiente de nuestra autoría, y el sustento teórico correspondiente.

La búsqueda mayúscula del presente artículo, será comprender el punto culmine de exaltación social que se llegó aquel 26 de julio, mediante la coyuntura económica y social de aquellos años, el contexto político, las clases sociales implicadas, los reclamos solicitados, los hechos acontecidos y, finalmente, las consecuencias forjadas. Para ello, intentaremos dar forma al boceto de la sociedad argentina esculpida durante los años del modelo agroexportador, tanto por medio de las grandes personalidades políticas de la época, como por los actores sociales en su faceta de masa societaria. Ambos vectores se demostrarán claves para entender la que ha sido bautizada como “Revolución del Parque”.

Como ya se ha establecido, el estallido social que analizaremos en el presente artículo, ocurrió en el año 1890. Una regla compartida por todo hecho histórico, es la imperiosa necesidad de comprender el contexto etario en que se desarrolló, en pos de poder comprenderlo. El año anteriormente citado, le corresponde al último de la presidencia del conservador Juárez Celman—producto de su renuncia, aspecto que hondaremos después—. El mandato del liberal cordobés, puede definirse como una continuidad al modelo aplicado por su antecesor, el teniente general Julio Argentino Roca. Muestra de esto, nos manifiesta Rapoport (Rapoport, 2000), cuando exclama: “Al nuevo presidente, que sucedió al general Roca le interesaba más la continuidad y el éxito del programa de inversiones extranjeras que la estabilidad monetaria o cambiaría.” Es por demás interesante detenerse en función del análisis de la anterior cita. Como bien marca Rapoport (Rapoport, 2000), desde hacía ya unos años la Argentina venía atravesando un modelo económico que posaba el foco sobre la venta de comodities nacionales como método para generar riqueza. El famoso “Modelo Agroexportador”. El mismo, se basaba en el principio de División Internacional del Trabajo, que imperaba por aquellos años. Dicho principio, rezaba la primicia de que los países periféricos—como el nuestro—debían encargarse de la producción primaria para las manufacturas de los países industrializados. Este, será el lema mater de los gobiernos conservadores de finales del siglo XIX en la Argentina.

Rapoport (Rapoport, 2000) ya nos indica un punto crucial para entender aquellos años: la inestabilidad monetaria. Lo cierto, es que la presidencia de Juárez Celman vivió con el padecimiento de una acelerada inflación. En el presente libro ya citado, Rapoport (Rapoport, 2000) explica de gran forma el embrión de la mencionada inflación. Mediante una normativa firmada por el gobierno nacional, los bancos poseían el derecho a emitir billetes, siempre que pudieran respaldarlo en oro. Estos, para poder emitir, se endeudaban en el exterior; agigantando la deuda pública y privada del país con el mundo externo. De la deuda privada, como si de un principio casi dogmático de la ideología del gobierno nacional se tratase, se hizo cargo el Estado; lo que agravó de sobre manera la situación crítica de la economía nacional.

Hemos escrito “principio casi dogmático del gobierno nacional” no de modo azaroso. El beneficio privado ante los activos del erario público, fue una constante impoluta en el gobierno de Juárez Celman. Rapoport (Rapoport, 2000) al respecto escribe: “Pero puede argumentarse, por otro lado, que el presidente dispuso la privatización de activos estatales, como los ferrocarriles Andino y Central norte, para obtener recursos propios, a fin de mantener el elevado gasto público.”

A la privatización, la deuda pública—y privada—y el contexto inflacionario, se le sumaba otro agente conflictivo: el unicato partidista. La política nacional se reducía a la minúscula expresión de un único partido con peso real y efectivo. José Luis Romero (Romero, 1965), referente a esta unanimidad del Partido Autonomista Nacional, profiere: “Los partidos porteños —el liberal y el autonomista— quedaron reducidos a la impotencia frente a la organización del vasto e informe Partido Autonomista Nacional, que se constituyó con las oligarquías provincianas, cuya indiscutida jefatura asumió el propio Roca, y al que se fueron incorporando los grupos que desertaban de los viejos partidos faltos de perspectivas de poder.” Como se aprecia, la oferta ideológica no brindaba más que un solo plato.

A este magno caldo de cultivo, que se prestaba propicio para ser reactivo, le faltaba los agentes reaccionarios a su medio. Estos brazos armados de inconformidad, serán dos figuras y sectores muy contrapuestos: la oligarquía burguesa disidente y el incipiente proletariado industrial, de origen europeo. No debe pasar desapercibo que, una década atrás del suceso que nos compete, la Argentina sufrió un vigoroso proceso inmigratorio. Dichos inmigrantes, que arribaban con las ideas anarquistas y comunistas pululando por su espectro ideológico, van a conformar la fuerza de choque de una burguesía disconforme con la situación económica y el monopolio político del PAN. A sazón de esto, Romero (Romero, 1965) escribe: “El naciente proletariado industrial comenzaba por entonces a exigir mejoras y manifestaba su inquietud a través de huelgas reiteradas que sacudían la aparente paz. Eran generalmente obreros extranjeros quienes las desencadenaban, y la política comenzó lentamente a variar de contenidos gracias a las ideas y al lenguaje que introdujeron esos inmigrantes urbanos que habían adquirido en sus países de origen cierta preparación revolucionaria.”

¿Podría la situación de aquel momento haber visto corroída su estructura de no ser por la gran masa inmigrante que arribó a nuestro país por aquellos años? Desde nuestro punto de vista, es difícil imaginarlo. Resulta curioso ver cómo la inmigración promovida por el sector oligárquico nacional, resultó ser el peonaje del primer estallido social que enfrentaron. Cierto es que la idea y conspiración del conflicto armado, como veremos más adelante, brotó de los espíritus de la clase burguesa académica. Pero, desde nuestro punto de vista, resultó crucial el accionar del proletariado obrero, exacerbado por las nacientes ideas europeas. En síntesis, no existe revolución sin los brazos ajados del pueblo. La burguesía disidente argentina encontró el motor a sus ideas en los cuerpos de los obreros europeos arribados al país.

Pues bien, de esta manera hemos explicado la coyuntura económica y social que incubaba el país en aquellos años. Pasaremos a centrarnos en los hechos del 26 de julio de 1890; en la “Revolución del Parque”. Esta burguesía disconforme con la situación nacional, se reunió en un mitin en donde quedó confirmada la Unión Cívica; conformada por dos grupos bien diferenciadas: los mitristas y los alemistas. La misma, era presidida por Leandro N. Alem. Al respecto, Mario Batista (Batista, 2013) escribe: “Rápidamente aparecieron dos líneas de acción bien definidas: por un lado el sector acuerdista, liderado por Bartolomé Mitre (garante de los inversores extranjeros) y Leandro N. Alem el caudillo de la juventud, mayoritariamente integrada esta última por hijos de la pequeña y mediana burguesía desarrollada «al calor» del Modelo Agroexportador. Políticamente más radicalizada, y por lo tanto alejada de los sectores liberales.” Como se nos evidencia en la cita anterior, a pesar de la distancia que dividía al sector de la burguesía ligado a Mitre con el gobierno nacional, esta no se desligaba de su sesgo ideológico y abogaba por una conservación del modelo nacional carente de una visión nacionalista. Esta escisión entre los sectores sublevados, surgía como un notable foco de conflicto—que terminaría aconteciendo—.

A nuestro modo de ver, el éxito de la organización y ejecución del mitín, se debe a la cooperación de células en los diversos sectores de la sociedad. No sólo se contaba con el apoyo de la burguesía radicalizada, la disidente y el proletariado revolucionario; también jugó un papel preponderante la disidencia dentro del propio gobierno. Batista (Batista, 2013) señala: “En pocos meses desde la casa del senador Aristóbulo del Valle, tal como se habían programado los mitines, se planificó la Revolución y la futura organización de un gobierno provisional, del cual sería presidente Leandro N. Alem, participando entre otros: Hipólito Yrigoyen, el general Campos (militar en actividad y jefe de la revolución por parte de las fuerzas armadas) el mismo del Valle y Lucio V. López entre otros.” Como vemos, la participación de agentes del gobierno será clave en la conspiración analizada en el presente artículo. Resulta difícil de imaginar este escenario, que terminaría siendo fundamental en los acontecimientos futuros, si Juárez Celman no hubiera conformado un unicato dentro del PAN. Cierto es que la situación económica era francamente desesperante; pero la complicidad a los sectores de la oposición, por parte de agentes gubernamentales, se hace difícil de imaginar sin el personalismo de Juárez Celman. Esta particularidad, sumado a la ya explicada crisis económica, desembocó en la complicidad de Campos, Aristóbulo del Valle, entre otros. Batista (Batista, 2013), a sazón de esta postura de Juárez Celman, profiere: “se consideró a sí mismo el único, construyó el UNICATO, al igual que Sarmiento, pensó que debía gobernar el hombre y no el Partido.”

Este embrión reactivo, eclosionó el 26 de julio de 1890. Sin embargo, ya el 21 de julio, alrededor de las 4 a.m, se escucharon las primeras detonaciones. El Parque de Artillería fue tomado por las fuerzas sublevadas—cuyo brazo armado lo constituían obreros afines a la causa—. En dicho lugar, desde el momento posterior a la toma, funcionaría el nuevo gobierno provisorio, presidido por Alem. Se nos hace imposible no hipotetizar acerca de la rispidez generada en el sector cercano a Mitre el hecho de otorgar la presidencia de este gobierno provisorio a Alem. El general Campos, que estuvo a cargo de este primer enfrentamiento, fue detenido y luego liberado antes de los acontecimientos del 26 de julio. Respecto a esto, una teoría historiográfica muy difundida—y a la cual adherimos—sostiene que hubo una reunión entre Roca y Campos, en la cual el ex presidente tucumano, lo habría convencido de boicotear el complot. La web “Aula Austral”, se hace eco de esta reunión y escriben: “Se corrió la versión de que el expresidente Roca se habría entrevistado con Campos para convencerlo de hacer fracasar la trama. Pocos días después, Campos ya estaba libre y en condiciones de encabezar el movimiento, que se postergó para el 26 de julio.”  Además de esto, Batista (Batista, 2013) señala un punto crucial que valida esta hipótesis: “El general Campos demoró las acciones militares favoreciendo indirectamente a las tropas comandadas por el general Levalle y el vicepresidente Pellegrini.” Teniendo en cuenta los acontecimientos futuros, y la detención de Campos ocurrida días antes, nos resulta más que plausible la veracidad de esta teoría.

Con esto, llegamos a los sucesos acontecidos aquel 26 de julio. A la madrugada de aquel día, las milicias sublevadas y los ciudadanos enarbolados se hicieron presentes para las primeras escaramuzas. Con la toma del parque consumada, Alem dio rienda suelta a su nuevo gobierno provisorio, en el cual ya sentía la presidencia bajo sus hombros. Lo cierto, es que el parque de artillería era un punto estratégico para la revolución puesto que allí residía una mayúscula cantidad de municiones, sumamente necesarias para la prolongación del combate armado.

En medio de la Ciudad de Buenos Aires, se erigía un escenario con tonalidades bélicas funestas. Citando, nuevamente, la web “Aula Austral” nos comentan al respecto: “El Parque de Artillería parecía una fortaleza. Se formaron barricadas y cantones en las proximidades. Ante el cariz de los acontecimientos, Roca y Pellegrini aconsejaron a Juárez Celman abandonar la capital, dejar la defensa en manos del Gral. Levalle y del vicepresidente. Durante el sábado 26 y el domingo 27 de julio tuvieron lugar choques armados importantes en las proximidades de la Plaza Lavalle. Se luchó también en algunas unidades de la Marina.” Como bien se nos evidencia, la magnitud del enfrentamiento hoy presentado no debe menospreciarse ni tomarse a la ligera. Fueron días de combates en las calles de Buenos Aires, con el empleo de tropas y artillería de la Marina. El gobierno conservador, que desde hacía décadas ostentaba los engranajes nacionales, se enfrentaba a una sublevación que ponía en jaque su monopolio político.

Cantón revolucionario en una de las esquinas de Piedra (actual Mitre) y Talcahuano – Buenos Aires, Julio de 1890.

Otro punto de validez hacia la hipótesis aquí planteada—y a la cual suscribimos—, respecto al complot Roca-Campos, y en sintonía con lo expresado por Batista (Batista, 2013), lo ofrece “Aula Austral”: “En un momento álgido de la lucha, el Gral. Campos no arremetió con ímpetu contra el cerco que las tropas oficiales estaban tendiendo a las revolucionarias. Yacían varios centenares de muertos en las calles. Los líderes de la asonada discutían y no se ponían de acuerdo. Ese domingo se hizo un alto el fuego.”  Entre las negligencias propias; las discusiones internas; los cuerpos inmóviles, cubiertos de un manto carmesí, que yacían en las calles; la munición que escaseaba, los revolucionarios debieron realizar un alto al fuego.

Como era de esperarse, la fisura que existía dentro de los mandamases de los sublevados, se dilató con brío ante las primeras complicaciones. También fue esperable, las posturas tomadas por unos y por otros: los mitristas bregaban por un acuerdo con el gobierno y los alemistas incitaban a continuar el combate. Si a la voluntad del sector mitrista, le sumamos la idea del acuerdo Roca-Campos, no es difícil imaginar el porqué de los sucesos venideros. El 1 de agosto de 1890, se consumaba la Revolución del Parque. Alem fue el último en abandonar el recinto, dando un fuerte mensaje hasta con el lacerante acto de la rendición. La fuerza de la Revolución se esfumó tras el cesar de los fusiles, dejando a su vera centenares de muertos, bombardeos desde los barcos de la Marina, una crisis gubernamental sin precedentes y, lo más importante, un cambio severo en la mentalidad social. Este punto hondaremos a continuación.

En los sucesos de esta índole, uno puede ganar incluso en la derrota. En primer lugar, debemos abordar la consecuencia más inmediata a la presente sublevación: la renuncia de Juárez Celman a la presidencia nacional. Batista (Batista, 2013), expresa al respecto: “El presidente Juárez Celman ante la presión de Carlos Pellegrini y el general Roca, quienes contaron con el apoyo de todos los políticos liberales, presentó su renuncia el 6 de agosto al Congreso la cual fue aceptada. Un día después asumió Carlos Pellegrini el cargo abandonado por su ex-compañero de fórmula.” Tan sólo cinco días después de la rendición de los sublevados, Juárez Celman renunciaba a la presidencia nacional.

Si bien resulta lógico la renuncia de un presidente luego de un intento golpista, no hay que pecar de vagancia en el análisis. Es menester recordar, no sólo el monopolio político de los conservadores, sino las atribuciones personalistas que había acuñado Juárez Celman. La Revolución del Parque, fue el primer golpe que recibió el gobierno conservador; la primera mordedura de la serpiente popular. Tanto así, que fue suficiente para desmoronar una hegemonía de décadas con su veneno letal.

Dicho esto, ¿Hasta qué punto es acertado hablar de “popular” en la Revolución del Parque? En nuestra opinión, en gran medida. Si bien es cierto que los altos mandos y conspiradores de la Revolución emanaban de la burguesía porteña, ¿Podemos imaginar el escenario que ocurrió sin el brazo armado del proletariado industrial incipiente? Francamente, cuesta creerlo. Si observamos las grandes revoluciones de la historia, en la gran mayoría se cumple esta sinergia de “Burguesía + Pueblo”; puesto que cierto es que las ideas que impulsan los cambios brotan de las bibliotecas académicas de las burguesías, pero el motor de combustión de las revoluciones se llena con el sudor del pueblo obrero.

Romero (Romero, 1965) escribe lo siguiente, en alusión al  recientemente creado partido Radical de 1890: “Era un nuevo partido, ajeno, por cierto, a las inquietudes que en esos días manifestaba el incipiente movimiento obrero, y que encarnaba las aspiraciones republicanas y democráticas de un sector de las clases tradicionales y de los círculos de clase media que empezaban a interesarse por la política.” Si bien aquí el autor manifiesta lo ajeno que le resultaba al radicalismo burgués las realidades obreras; fueron aquellos quienes despertaron los sentimientos combativos a esta masa popular, ya embebida en las ideas comunistas y anarquistas en su natal Europa.

Para graficar lo anteriormente expresado, la web “El Historiador” nos obsequia con una carta, escrita a puño y letra por Leandro N. Alem, días después de la Revolución del Parque. Nos parece oportuno destacar el siguiente fragmento: “(…) Nuestro país pasa en estos momentos por una prueba difícil, de la cual puede salir triunfante aplastando para siempre la opresión brutal y practicando desde luego el gobierno propio y descentralizado, que nuestra carta fundamental establece, o si los desfallecimientos anteriores continuasen, seguir vegetando bajo el yugo afrentoso del poder personal que imponía el gobierno caído, ejercitado por cualquier otra personalidad. (…) Aun cuando se haya derribado un presidente, la máquina opresiva y corruptora del oficialismo ha quedado armada en las provincias, y es la energía del pueblo la que debe desmontarla ahora pieza por pieza.” Este fragmento recortado de la epístola de Alem, es extremadamente adecuado para graficar lo que en el presente trabajo queremos plantear. Sí, es cierto que las ideas republicanas, despersonalizadas y nacionalistas—inclusive— brotan del ideario burgués de la oligarquía porteña, apadrinados por el radicalismo. Pero no menos cierto es que el carácter popular y el factor fundamental de este movimiento revolucionario es el pueblo obrero, como lo manifiesta el propio Alem. Es por ello que el radicalismo encontró sus aliados y seguidores más álgidos dentro de los sectores populares.

Respecto a la división dentro del sector sublevado, queremos detenernos un instante. Las razones por las cuales Campos obró de ese modo son, ciertamente, imposibles de asegurar del todo. Pero, si analizamos al sector conservador disidente en su conjunto—en el que entra Campos—, a nuestro modo de ver se denota con suma facilidad como su accionar y pensar forma parte de un sector disidente; pero no de uno opositor. Los mitristas eran contrarios al personalismo de Juárez Celman y a su poca “cintura” política; pero lejos estaban de enarbolar las banderas de un gobierno propio, en sinergia con el interés popular, como si lo expresaban los alemistas y el proletariado nacional. Juárez Celman cayó, el gobierno conservador continuó y la U.C.R se fragmentó. Si repasamos los intereses del sector conservador disidente, este escenario les resulta casi idílico. Pues esto no será así del todo.

La Revolución del Parque puso en jaque al rey del partido conservador, con un enroque de peones y unos cuantos alfiles. ¿Podemos imaginar las conquistas de los años posteriores sin los sucesos del 26 de julio de 1890? Para nosotros, la respuesta es clara: es difícil imaginarlo. Será este mismo sector del radicalismo quienes levanten los estandartes de la elección universal y quienes terminen poniéndole punto final a la hegemonía presidencial de los conservadores—con las elecciones de 1916—. Para las elecciones de 1892, el P.A.N debió competir contra la Unión Cívica. Si bien el rey pudo escapar del jaque, la Revolución del Parque fue el movimiento que emprendió lo que sería la derrota en una partida que creían ganada indiscutiblemente.

Por último, sólo nos queda mencionar que, bajo nuestro prisma, la Revolución del Parque aconteció en una coyuntura ideal y perfecta para su ejecución. Es impensado poder imaginar un desenlace como el que ocurrió sin una disidencia dentro de los conservadores; una burguesía cada vez más interesada y sumergida en el arte de la política y, el que probablemente es el elemento más irónico de todos, una masa inmigrante proletaria, atraída al país por el gobierno nacional—de ahí la ironía—, de gran número, con ideas anarquistas y comunistas, con la convicción y la voluntad para luchar contra aquel rey de este ajedrez oligárquico. “En la vida hecha ajedrez, nunca el peón se come al rey”, escribió alguna vez Ricardo Mollo. Si bien es cierto que es muy difícil que logre “comérselo”, al menos puede complicarle un poco su sucia partida.


Bibliografía:

  • Batista, Guillermo Mario. Historia Social General: historia argentina 1780-1946. Profesor Guillermo Mario Batista y Equipo de Cátedra. 1 ed. Buenos Aires, 2013.
  • Rapoport, Mario. Historia económica, política y social de la argentina (1880- 2000). Ediciones Macchi. 1 ed. Buenos Aires, 2000.
  • Romero, José Luis. Breve historia de la Argentina. 1° edición: Eudeba. Buenos Aires, 1965.

Infografía:

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